De pronto se encendían las luces, era increíble ver cuántos ojos se exaltaban (a veces pueriles, insidiosos, enojados. Los míos, simplemente, curiosos). Se podía, en ese lacónico instante, ver cómo ellos entre tanto silencio repetían mil vocablos (y no hablaban), sus palabras se perdían en sus juegos, entre sus manos y dedos, sin embargo existían.
Actuaban, como si buscaran esconder sus deseos, sus planes, sus miedos, o quizás encontrarlos, a veces difiero. Día tras día sucedía lo mismo, sin embargo siempre distinto.
El silencio existía para otros, para ellos era su lenguaje secreto, únicos capaces de traducirlo, de entenderlo, sentirlo. La forma de contemplarse el uno al otro entre luciérnagas a través de la noche era algo, paradójicamente, esclarecedor, de otro modo no se hubieran conocido tanto, no habrían podido admirar sus rasgos, reconocer sus rostros. No se daban cuenta que empezaban a mirarse a ciegas, a ojos cerrados, palmo a palmo, por debajo del cielo, sin embargo por encima de las estrellas.
Nuevamente se envolvían en el silencio, de vez en cuando las palabras salían apretadas por sus labios, labios que jugaban humedeciendo la noche, sus párpados. Era quizás el sabor, para mí ignoto, de sus besos. Sus voces morían una y otra vez entre sus labios, dentro de sus gargantas, paseando por sus lenguas para quedarse en la boca ajena, la del otro, iban y venían, una espiral interminable, a veces eso parecía. No se daban cuenta, pero la tarde se les escondía porque la noche los buscaba tercamente, ellos pretendían algo, realmente no lo sabían, sólo dejaban que pasara, como las horas, como los días, como sus manos, como sus ojos cerrados observándose, tal vez demasiado, tal vez nada, tal vez poco, no lo sabemos nosotros, en realidad, sólo ellos.
Puede ser que sea Agosto.
Más sin embargo, tú sabes que ellos somos,simplemente, nosotros.
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