De nuevo a los perfumes
y a todo lo que viene después
de esto. Oler, entonces,
recordar, saber, llorar, reir,
arrancarse un trozo de piel,
profundidad dispersa, agua,
memoria.
Partículas.
Sólo me quedan recuerdos. Pues la mano al viento, vacía, igual que el pecho, abierto.
viernes, 28 de enero de 2011
miércoles, 26 de enero de 2011
Bello desencuentro
Segunda opción, lograr hacer bello el desencuentro
bello cada tropiezo
cada desatino
cada suspiro desolado
Y hacer bella tu descortesía
bellas, esas lagrimas que vinieron
después.
Segunda opción, nombrar como des-palabras
a aquellos gestos que ya no dijiste, los que te
tragaste junto con el café.
Desentrañar de tu egoísmo la palabra
distracción, componer una oración en la
quepamos juntos aunados a esta última palabra.
Embellecer tu inoportuna presunción, llamarle
quizá inseguridad casual, cerrar nuestra corta
despedida, añadirle un "buenas noches"
o algo así.
bello cada tropiezo
cada desatino
cada suspiro desolado
Y hacer bella tu descortesía
bellas, esas lagrimas que vinieron
después.
Segunda opción, nombrar como des-palabras
a aquellos gestos que ya no dijiste, los que te
tragaste junto con el café.
Desentrañar de tu egoísmo la palabra
distracción, componer una oración en la
quepamos juntos aunados a esta última palabra.
Embellecer tu inoportuna presunción, llamarle
quizá inseguridad casual, cerrar nuestra corta
despedida, añadirle un "buenas noches"
o algo así.
domingo, 23 de enero de 2011
Manuscrito hallado en el bolsillo (Fragmento)
Si bien es cierto que todos podemos escribir, decir, sentir y (peor aún) hacer cosas totalmente distintas a las que realmente desearíamos hacer (en mí caso, y muy a menudo, escribir); este fragmento, de un agradable cuento de Julio Cortazar, se lo quiero dedicar a alguien a quien nunca le dediqué algo de manera concreta por motivos, miedos y circunstancias que ya no tiene caso recordar, pero que definitivamente marcó un pedazo de mi vida de una manera extraordinaria y poco común (y que obviamente no espero ni creo que tenga idea de que lo ha hecho).
No es verdad que el nombre de Margrit o de Ana viniera después o que sea ahora una manera de diferenciarlas en la escritura, cosas así se daban decididas instantáneamente por el juego, quiero decir que de ninguna manera el reflejo en el vidrio de la ventanilla podía llamarse Ana, así como tampoco podía llamarse Margrit la muchacha sentada frente a mí sin mirarme, con los ojos perdidos en el hastío de ese interregno en el que todo el mundo parece consultar una zona de visión que no es la circundante, salvo los niños que miran fijo y de lleno en las cosas hasta el día en que les enseñan a situarse también en los intersticios, a mirar sin ver con esa ignorancia civil de toda apariencia vecina, de todo contacto sensible, cada uno instalado en su burbuja, alineado entre paréntesis, cuidando la vigencia del mínimo aire libre entre rodillas y codos ajenos, refugiándose en France-Soir o en libros de bolsillo aunque casi siempre como Ana, unos ojos situándose en el hueco entre lo verdaderamente mirable, en esa distancia neutra y estúpida que iba de mi cara a la del hombre concentrado en el Figaro.
Pero entonces Margrit, si algo podía yo prever era que en algún momento Ana se volvería distraída hacia la ventanilla y entonces Margrit vería mi reflejo, el cruce de miradas en las imágenes de ese vidrio donde la oscuridad del túnel pone su azogue atenuado, su felpa morada y moviente que da a las caras una vida en otros planos, les quita esa horrible máscara de tiza de las luces municipales del vagón y sobre todo, oh sí, no hubieras podido negarlo, Margrit, las hace mirar de verdad esa otra cara del cristal porque durante el tiempo instantáneo de la doble mirada no hay censura, mi reflejo en el vidrio no era el hombre sentado frente a Ana y que Ana no debía mirar de lleno en un vagón de metro, y además la que estaba mirando mi reflejo ya no era Ana sino Margrit en el momento en que Ana había desviado rápidamente los ojos del hombre sentado frente a ella porque no estaba bien que lo mirara, al volverse hacia el cristal de la ventanilla había visto mi reflejo que esperaba ese instante para levemente sonreír sin insolencia ni esperanza cuando la mirada de Margrit cayera como un pájaro en su mirada. Debió durar un segundo, acaso algo más porque sentí que Margrit había advertido esa sonrisa que Ana reprobaba aunque no fuera más que por el gesto de bajar la cara, de examinar vagamente el cierre de su bolso de cuero rojo; y era casi justo seguir sonriendo aunque ya Margrit no me mirara porque de alguna manera el gesto de Ana acusaba mi sonrisa, la seguía sabiendo y ya no era necesario que ella o Margrit me miraran, concentradas aplicadamente en la nimia tarea de comprobar el cierre del bolso rojo.
Para usted, no lo sabe, pero yo sí lo sé. Disculpará que hasta ahora, pero no es mi culpa que el corazón me duela tanto, que lo tenga tan rojo, que esta noche lo haya recordado, es simplemente que después de engañarse a uno mismo por mucho tiempo, viene la hora de aceptarlo todo, de dar la cara a lo que es obvio, pero si alguna vez dije lo contrario e incluso dí la vuelta, y de regreso a mi pasado, fue porque me había herido usted, mucho, demasiado.
Es hora de empezar un nuevo año. Tenía que terminar con todos para siempre.
Sin embargo esto va enteramente dedicado para usted, no me pregunte por qué, sé que no lo hará.
Buenas noches.
No es verdad que el nombre de Margrit o de Ana viniera después o que sea ahora una manera de diferenciarlas en la escritura, cosas así se daban decididas instantáneamente por el juego, quiero decir que de ninguna manera el reflejo en el vidrio de la ventanilla podía llamarse Ana, así como tampoco podía llamarse Margrit la muchacha sentada frente a mí sin mirarme, con los ojos perdidos en el hastío de ese interregno en el que todo el mundo parece consultar una zona de visión que no es la circundante, salvo los niños que miran fijo y de lleno en las cosas hasta el día en que les enseñan a situarse también en los intersticios, a mirar sin ver con esa ignorancia civil de toda apariencia vecina, de todo contacto sensible, cada uno instalado en su burbuja, alineado entre paréntesis, cuidando la vigencia del mínimo aire libre entre rodillas y codos ajenos, refugiándose en France-Soir o en libros de bolsillo aunque casi siempre como Ana, unos ojos situándose en el hueco entre lo verdaderamente mirable, en esa distancia neutra y estúpida que iba de mi cara a la del hombre concentrado en el Figaro.
Pero entonces Margrit, si algo podía yo prever era que en algún momento Ana se volvería distraída hacia la ventanilla y entonces Margrit vería mi reflejo, el cruce de miradas en las imágenes de ese vidrio donde la oscuridad del túnel pone su azogue atenuado, su felpa morada y moviente que da a las caras una vida en otros planos, les quita esa horrible máscara de tiza de las luces municipales del vagón y sobre todo, oh sí, no hubieras podido negarlo, Margrit, las hace mirar de verdad esa otra cara del cristal porque durante el tiempo instantáneo de la doble mirada no hay censura, mi reflejo en el vidrio no era el hombre sentado frente a Ana y que Ana no debía mirar de lleno en un vagón de metro, y además la que estaba mirando mi reflejo ya no era Ana sino Margrit en el momento en que Ana había desviado rápidamente los ojos del hombre sentado frente a ella porque no estaba bien que lo mirara, al volverse hacia el cristal de la ventanilla había visto mi reflejo que esperaba ese instante para levemente sonreír sin insolencia ni esperanza cuando la mirada de Margrit cayera como un pájaro en su mirada. Debió durar un segundo, acaso algo más porque sentí que Margrit había advertido esa sonrisa que Ana reprobaba aunque no fuera más que por el gesto de bajar la cara, de examinar vagamente el cierre de su bolso de cuero rojo; y era casi justo seguir sonriendo aunque ya Margrit no me mirara porque de alguna manera el gesto de Ana acusaba mi sonrisa, la seguía sabiendo y ya no era necesario que ella o Margrit me miraran, concentradas aplicadamente en la nimia tarea de comprobar el cierre del bolso rojo.
Para usted, no lo sabe, pero yo sí lo sé. Disculpará que hasta ahora, pero no es mi culpa que el corazón me duela tanto, que lo tenga tan rojo, que esta noche lo haya recordado, es simplemente que después de engañarse a uno mismo por mucho tiempo, viene la hora de aceptarlo todo, de dar la cara a lo que es obvio, pero si alguna vez dije lo contrario e incluso dí la vuelta, y de regreso a mi pasado, fue porque me había herido usted, mucho, demasiado.
Es hora de empezar un nuevo año. Tenía que terminar con todos para siempre.
Sin embargo esto va enteramente dedicado para usted, no me pregunte por qué, sé que no lo hará.
Buenas noches.
sábado, 15 de enero de 2011
Quería decirle.
Verlo llegar, como cualquier día, escuchar cuidadosamente el sonido de sus pasos, predecir sus movimientos, entonces volver la vista hacia él, descubrir sus ojos verdes puestos en los míos, era extraño, callado, también divertido.
A veces encontrármelo de frente, sin saberlo, sus pupilas negras en las mías, las mejillas encendidas. Diablos (lo ha notado, o no es por eso que sonrie?).
Ese día yo creía que era viernes.
Sorpresa, es sábado. Todo pasó tan rápido, él tomó mis manos, estábamos arriba, la hora de irnos, todo fue muy rápido, las luces estaban encendidas, de repente un apagón, sentir su abrazo, sus manos apretando mi cintura, el crujir de todos mis huesos, los labios húmedos, sentir su boca sobre mis párpados, pensé que estaba soñando, no sé cuánto tiempo pasó, no sé cómo terminaron mis labios en su cuello, no sé por qué escribo todo esto, he prometido no decir su nombre en este cuento. No sé cuánto tiempo estuvimos así, la oscuridad detuvo el tiempo, o fueron quizás sus labios, o mis párpados cerrados vacilando entre cada uno de sus innumerables besos. Yo quería hablarle, decirle que esperaba esto. Entonces sentí un golpe, la cabeza, algo extraño sucede. Descubrí mi cuerpo entre sábanas azules, tibio, una luz inexorable, golpearse en un mueble, ver el reloj, son las 7, siempre sí es viernes.
Entonces descubrir que no fue sábado. Era jueves.
A veces encontrármelo de frente, sin saberlo, sus pupilas negras en las mías, las mejillas encendidas. Diablos (lo ha notado, o no es por eso que sonrie?).
Ese día yo creía que era viernes.
Sorpresa, es sábado. Todo pasó tan rápido, él tomó mis manos, estábamos arriba, la hora de irnos, todo fue muy rápido, las luces estaban encendidas, de repente un apagón, sentir su abrazo, sus manos apretando mi cintura, el crujir de todos mis huesos, los labios húmedos, sentir su boca sobre mis párpados, pensé que estaba soñando, no sé cuánto tiempo pasó, no sé cómo terminaron mis labios en su cuello, no sé por qué escribo todo esto, he prometido no decir su nombre en este cuento. No sé cuánto tiempo estuvimos así, la oscuridad detuvo el tiempo, o fueron quizás sus labios, o mis párpados cerrados vacilando entre cada uno de sus innumerables besos. Yo quería hablarle, decirle que esperaba esto. Entonces sentí un golpe, la cabeza, algo extraño sucede. Descubrí mi cuerpo entre sábanas azules, tibio, una luz inexorable, golpearse en un mueble, ver el reloj, son las 7, siempre sí es viernes.
Entonces descubrir que no fue sábado. Era jueves.
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