sábado, 15 de enero de 2011

Quería decirle.

Verlo llegar, como cualquier día, escuchar cuidadosamente el sonido de sus pasos, predecir sus movimientos, entonces volver la vista hacia él, descubrir sus ojos verdes puestos en los míos, era extraño, callado, también divertido.
A veces encontrármelo de frente, sin saberlo, sus pupilas negras en las mías, las mejillas encendidas. Diablos (lo ha notado, o no es por eso que sonrie?).
Ese día yo creía que era viernes.

Sorpresa, es sábado. Todo pasó tan rápido, él tomó mis manos, estábamos arriba, la hora de irnos, todo fue muy rápido, las luces estaban encendidas, de repente un apagón, sentir su abrazo, sus manos apretando mi cintura, el crujir de todos mis huesos, los labios húmedos, sentir su boca sobre mis párpados, pensé que estaba soñando, no sé cuánto tiempo pasó, no sé cómo terminaron mis labios en su cuello, no sé por qué escribo todo esto, he prometido no decir su nombre en este cuento. No sé cuánto tiempo estuvimos así, la oscuridad detuvo el tiempo, o fueron quizás sus labios, o mis párpados cerrados vacilando entre cada uno de sus innumerables besos. Yo quería hablarle, decirle que esperaba esto. Entonces sentí un golpe, la cabeza, algo extraño sucede. Descubrí mi cuerpo entre sábanas azules, tibio, una luz inexorable, golpearse en un mueble, ver el reloj, son las 7, siempre sí es viernes.
Entonces descubrir que no fue sábado. Era jueves.

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