Mira como se mueven los árboles, morados, las flores, el tiempo... Como el desarreglo, la frialdad, fingir indiferencia le van mal... A todo eso añadirle una falta de moral, insignificante.
Sus ojos pequeños hoy me parecen enormes, sus dedos fijos me recuerdan una tarde de verano inquieta, donde he llorado.
Necesito un suspiro para fingir indolencia, para fingir que no me quema, que no me duele su falta, su pasado, pero me duele. ¡Qué impaciencia!... no poder impedirme un acto de indiferencia ni tampoco de importancia sustancial...
Sus ojos livianos siguen humedecidos, empiezo a sentirme incómoda, algo va mal. Como un niño, él mira atónito el silencio, incapaz de decir algo más, me abraza, sus ojos reflejan el infinito, por eso le debe dar miedo el mar, por eso le debe dar miedo el cielo, la inmensidad.
Es la soledad, la necesidad de poseer algo más, mantener ese amargo, dulce, triste vicio.
Yo le miro, le sonrío, le beso... a veces fui un inconstante, creyéndome capaz de nada. Un hombre. Ahora lo veo, sus ojos arrepentidos, pidiendo una disculpa, no es necesaria. Qué podría disculparle si no le conocía antes, éramos incapaces de pensar en ese minuto algo, nada, podría escribir toda la noche lo que vi en su rostro, pero sé que probablemente no me alcanzarían todas las palabras.
No hay duda. Decir que ya no me acuerdo sería una mentira.
Después de todo te sigo sonriendo, te quiero, te miro, te doy un beso, vamos, todos los errores del mundo no los puedo perdonar yo...
yva
