Iba caminando, como usted podría imaginarlo, con esa sonrisa estúpida (bastante alegre) de quién mira una flor maravillosa brotando, lentamente, a través de los ojos de los hombres y mujeres. Esos seres humanos.
Qué sentimiento tan extraño, sin embargo complaciente. Puedo ver cómo crecen esos frutos tan asombrosos, esas flores extraordinarias, grandes como árboles, pesadas igual que estrellas, del color característico, ubicuo, de los abismos fugitivos e inquietantes. Entonces me repito, ellos (simples mortales) tan capaces de hacer brotar cientos de colores al abrir sus húmedos párpados, tenerlos tan cerca de sus ojos, y sin poder leerlos, mucho menos descifrarlos.
Qué angustia por aquellos (insisto), que no pueden sentir como el viento les acaricia cada poro por debajo de sus trajes, vestidos, pantalones, sobreros, zapatos, cabellos. Esos disfraces. Qué triste que no sean capaces de maravillarse (al menos un instante) por aquel color del aire, que les deja verse los rostros, sonreírse uno al otro; que les permite tocarse, darse la mano, sentir ese absurdo vértigo, producto de extraños insectos salvajes introducidos en sus estómagos vacíos. A veces hasta se creen muertos.
Y entre destellos del aire logran besarse, quedarse inmóviles, perderse, cuales estrellas dibujadas por encima de la tierra que, resignada, los sostiene.
Los he visto, y han querido huir. Corren y saltan, inútilmente. Están sujetos, amarrados en este tiempo, si supieran que podrían, fácilmente, desaparecer... si tan sólo lograran ver las flores que desde sus pupilas nacen y mueren cada efimero amanecer.
Qué rápido, corrieron demasiado, no sabían. Qué tarde, quién lo diría, yo los vi desde aquí, vi como apresuraban el paso, las horas, se empezaban a llenar sus párpados de rosas, de colores, abismos, frutas maravillosas… Ellos sin poder comprenderlo, sin saber decirlo, solamente prendiéndole fuego a los segundos, escondiéndose en sus espirales, para darse cuenta, al final, que no eran más que caracolas que pedían ser llevadas al mar, sin llorar ni reír, simplemente aceptar.
Estos seres humanos, cómo me inquietan, cómo me asombran. Cómo conmueven esta alma tan vagabunda, podré dormir ahora.
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