Escuchaba la voz de ella, la maestra que lleva mucho tiempo
arriba de la barca, que se conoce todo el mar de arriba abajo
que podría nadar sin siquiera tocar el agua.
Me dicen, me dice, me oye decir que en ese lugar no existe
el fin, que puedo ir por un momento al subterráneo cielo y
despúes salir, escribiendo con los pies lo que quiero que suceda
si en verdad quiero que suceda así.
Me dicen y se me oye decir que allí no puedo morir, al principio
no lo creí, pero al vivir en una escalera que cuelga del piso hacia
arriba, hacia el infinito logré desafiar lo vivído, las propias ganas
de vivir; cómo no vivirlo de verdad cuando sientes el tiempo atra-
vesado en tu columna, y el calor se te evapora por las mejillas casi
enrojeciendóte el alma, aunque allá no se le llame así.
¿cómo no estar?, como no estar con las manos endurecidas y los
ojos en el momento, con el pulso atorado en la adrenalina de no
saber que estan haciendo tus pies, mientras tus manos se lamentan
tocandote las mejillas ya casi enrojecidas.
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