martes, 6 de septiembre de 2011

Amor, es la primera y última vez que te nombro de este modo desde nuestro (des)encuentro...
Es la última vez que toco tu rostro con la ráfaga de viento para decirte un beso,
que dibujo la línea infinita de tus labios en mi vientre,
que escribo mariposas en el aire para tus ojos,
que te beso al oído mientras no me oyes,
que te doy mi tiempo sin entregártelo,
que mis dedos despeinan tu pelo (esta vez sin tocarte, sabiéndote lejano);
me despido con los labios rojos, llenos de ti, al final siempre solitarios.

Esta misma noche pienso prenderle fuego a nuestros papeles, paseos y charlas,
pienso cortar el hilo que siempre nos mantuvo unidos, no es mi culpa.
Pienso ocultar para siempre la linterna roja, el muñeco verde,
debo decirle a mis manos que den por terminado aquel vicio de tocarte
(desesperadamente) los hombros, las rodillas... Lo sé, no me escuches.

Esta fue la última tarde que me dueles (quizá también la primera),
Te escribo, me despido de este modo, no hay otro, no lo encuentro.

Lluvia de besos, caricias, silencios, noches, tiempo. Noche de renuncias, de escapes, de clichés, de volver a la niña solitaria de la que siempre he sido, de mí.
Éramos compañeros, no sé si amigos, no sé si algo más y ya no importa, pues esta es la última vez que la noche me recuerda tu nombre, que me enfrasco en tus ojos, que persigo una estrella, que mis palabras son inútiles.


Ahora volvemos cada quién a su sitio, te regalo mis labios desde la tarde en la que te conocí hasta esta noche, después de esto, adiós, amor.

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